Al gobierno salvadoreño actual le conviene mantener a FMLN y ARENA dentro del ámbito político porque su existencia sirve a varios propósitos estratégicos clave, especialmente para el oficialismo de Nayib Bukele.
Mientras el gobierno de Bukele consolida su hegemonía política, la supervivencia de los históricos partidos ARENA y FMLN—aunque deslegitimados—sirve a la perfección a la narrativa oficialista, actúa como barrera frente a una verdadera renovación opositora y perpetúa un juego de polarización donde el único ganador es el poder en turno.
El actual panorama político en El Salvador ofrece un curioso juego de intereses donde mantener vivos a ARENA y FMLN —aunque debilitados— es funcional para el oficialismo de Nayib Bukele. Más que rivales reales, ambos partidos actúan hoy como piezas útiles dentro de una estrategia que refuerza la hegemonía del gobierno y limita la capacidad de renovación democrática.
Herederos de un desgaste
Aunque hoy sean partidos insignificantes y con escasa capacidad de influencia real, la existencia de ARENA y FMLN es clave para otorgar una apariencia de legitimidad democrática al gobierno de Nayib Bukele, cuya llegada y continuidad en la presidencia han sido polémicas y cuestionadas. Bukele alcanzó el poder y su reelección en medio de fuertes críticas sobre la constitucionalidad y transparencia del proceso, incluyendo la destitución de jueces y la reforma de normas constitucionales para favorecer su permanencia.
Una oposición a la medida
La sobrevivencia de estos partidos tradicionales, por más debilitados que estén, permite simular competencia electoral y validar un sistema que de otro modo se percibiría como hegemonía sin contrapesos. En este contexto, aunque el oficialismo ataque constantemente a ARENA y FMLN, su preservación estratégica reduce el riesgo de cuestionamientos radicales a la legitimidad del gobierno y mantiene un velo de pluralidad política que, en realidad, funciona más como un decorado que como una competencia real.
Paradójicamente, este desgaste es una bendición para el oficialismo. La presencia de ARENA y FMLN facilita una narrativa que reduce la vida política a un antagonismo entre “el pasado corrupto” y la “nueva política”, ubicando al gobierno como única alternativa de futuro y relegando a la oposición a un papel testimonial. Al presentar elecciones donde los oponentes carecen de credibilidad real, la legitimidad del régimen se refuerza, y se evita la emergencia de voces nuevas que puedan resultar verdaderamente competitivas.
Barrera contra la renovación
Si ARENA y FMLN desaparecen, la legislación permite la aparición de nuevos partidos. Eso implica un riesgo para el oficialismo: nuevas fuerzas pueden capitalizar el descontento social mucho mejor que los partidos históricos desprestigiados. Controlar el terreno opositor es más sencillo cuando los adversarios resultan cómodamente derrotables y funcionales al discurso gubernamental; por eso conviene su supervivencia, aunque sea en estado vegetativo.
La paradoja democrática
El caso de El Salvador demuestra que la democracia puede degenerar en simulacro si la alternancia es solo entre opciones desgastadas y útiles al poder, más que auténticos contrapesos. Mientras la ciudadanía no vea opciones reales de renovación, el círculo vicioso de polarización y apatía seguirá intacto.
La persistencia del bipartidismo desacreditado ya no es garantía de pluralidad: es, en este contexto, la coartada perfecta para eternizar la concentración de poder en una sola figura, mientras se repite el fantasma del pasado como justificación. Ese, tristemente, es el cómodo destino que hoy ofrecen ARENA y FMLN al actual gobierno salvadoreño.
Bukele ha encontrado en el ataque sistemático a ARENA y FMLN una estrategia crucial para mantener el control del relato político y asegurar la permanencia de su proyecto. Esta táctica no solo le permite presentarse como el antídoto contra el pasado de corrupción y pactos oscuros, sino que también refuerza ante la sociedad la idea de que solo bajo su liderazgo puede avanzar el país. Atacar y, a la vez, preservar políticamente a estos partidos resulta en una especie de “equilibrio conveniente”: sirven como contraste útil y blanco de campañas mediáticas, al tiempo que su existencia desincentiva la aparición de una oposición fresca y más legítima.
En otras palabras, para el actual presidente, mantener a ARENA y FMLN dentro de la arena política sirve como recordatorio permanente de lo que no se quiere volver, pero también como muro de contención ante alternativas más peligrosas para su hegemonía. Mientras sean adversarios funcionales y desprestigiados, Bukele puede “seguir trapeando el piso con ellos”—como han señalado analistas salvadoreños—y legitimar así la continuidad de su propio dominio sobre la vida política nacional.