Por Victor Ramos.
A menos de dos años de las elecciones generales de 2027, el mapa político salvadoreño muestra una concentración de poder inédita en torno al presidente Nayib Bukele y su partido Nuevas Ideas, frente a una oposición dispersa y sin un proyecto nacional convincente que dispute, en serio, la presidencia o la mayoría legislativa.
En El Salvador habrá elecciones en 2027, pero cada vez es menos claro que vaya a haber una verdadera competencia. Las encuestas más recientes dan a Nayib Bukele un 93% de aprobación y a Nuevas Ideas un 89% de preferencia de voto, cifras que dejan a la oposición en condición casi testimonial frente a un aparato político, económico y propagandístico convertido en maquinaria hegemónica. Entre ese entusiasmo medido por encuestadoras afines y la reconfiguración de reglas electorales hecha a la medida del oficialismo, la pregunta ya no es si la oposición puede ganar la presidencia, sino si logrará conservar algún espacio institucional que no dependa del permiso del régimen.
La arquitectura del poder bukelista se construyó a pasos acelerados: primero, la conquista de la presidencia en 2019 rompiendo el bipartidismo ARENA‑FMLN; luego, la supermayoría legislativa de 2021; después, la purga de la Sala de lo Constitucional, la Fiscalía y otras instituciones de control. En 2024, con una nueva supermayoría y reformas electorales hechas a última hora, Nuevas Ideas se quedó con 54 de 60 diputados pese a haber obtenido “solo” el 71% de los votos, demostrando que el sistema ya no es un terreno neutral sino un tablero inclinado donde un 70% de votos se traduce en 90% de curules. A eso se suma la reforma aprobada en 2025 que abre la puerta a la reelección presidencial indefinida, consolidando la confusión entre Estado, partido y figura del líder.
Frente a ese bloque compacto, la oposición se presenta fragmentada, sin relato y cargando décadas de desgaste. ARENA y FMLN, antiguos polos de la política salvadoreña, llegan a este ciclo con marcas tóxicas para buena parte del electorado y con estructuras internas más preocupadas por administrar ruinas que por reinventarse. Surgen nuevas siglas, como Cambio Total y otros proyectos menores, pero la multiplicación de partidos no ha significado una oferta clara, sino una dispersión del mismo voto crítico que, en el mejor de los casos, apenas logra discutir algunos municipios y uno que otro escaño marginal. La paradoja es que un amplio sector de la población declara no identificarse con ningún partido, pero eso no se traduce en una alternativa organizada, sino en más espacio para que el liderazgo personal de Bukele siga ocupándolo todo.
No obstante, incluso los sistemas más inclinados producen fisuras. Las elecciones municipales tras la reducción de 262 a 44 alcaldías mostraron que, aun con todo el aparato del Estado a su favor, Nuevas Ideas no pudo quedarse con todas: ARENA ganó La Libertad Este y GANA se impuso en La Libertad Costa, donde se concentran intereses económicos clave del proyecto Surf City. Ese dato —mínimo frente al mapa azul que el gobierno vende en redes— demuestra que la invencibilidad tiene fronteras cuando convergen malestar local, liderazgos territoriales y un voto que, aunque minoritario, se organiza. El problema para la oposición es que esos chispazos no alcanzan para encender un proyecto nacional si cada victoria municipal se trata como una anécdota y no como punto de partida para reconstruir confianza.
La foto de hoy, reforzada por sondeos que otorgan más de 90% de aprobación al presidente y altísima intención de voto por su partido, anuncia que la elección presidencial de 2027 se parece más a un plebiscito controlado que a una contienda abierta. Las probabilidades de que la oposición gane la presidencia son, en términos realistas, cercanas a cero; sus márgenes de maniobra se limitan a intentar salvar algunos diputados y alcaldías, sobre todo en núcleos urbanos donde el voto crítico conserva densidad. Para que el tablero cambiara de forma significativa se necesitaría una combinación de crisis económica profunda, escándalos de corrupción inocultables y ruptura interna dentro de Nuevas Ideas, sumada a un liderazgo opositor creíble que hoy no existe en ninguna encuesta.
El dato más inquietante no es solo la fuerza del oficialismo, sino la normalización social de este nuevo orden. Un sondeo reciente indica que más del 75% de la población confía en que las elecciones de 2027 reflejarán la voluntad popular, al mismo tiempo que se acepta como natural la reelección inmediata y la concentración de poder. Esa mezcla de satisfacción con la seguridad, orgullo nacional alrededor de la figura presidencial y erosión de contrapesos institucionales es el terreno perfecto para que un régimen deje de necesitar fraudes masivos: le basta con reglas hechas a su medida y una oposición desarticulada. La verdadera derrota de la oposición, más allá del número de curules, es haber permitido que la sociedad asuma que no hay alternativa posible, que el país solo tiene un timón y que discutirlo es casi un acto de traición.
Si algo enseña la historia política reciente de El Salvador es que los partidos pueden morir, pero los problemas que los hicieron posibles no desaparecen. La pregunta no es solo si la oposición ganará un diputado más o menos, sino quién, en medio del aplauso y la propaganda, estará dispuesto a hacer la tarea ingrata de construir una alternativa cuando el costo de disentir se vuelve cada vez más alto. Porque en 2027, todo indica que habrá elecciones; lo que está en duda es cuánto de democracia quedará en ellas.